El aterrizaje · Lección 2
La explicación que mata
Encontrarás la palabra más graciosa de tu remate y cortarás todo lo que viene después.
El principio
La risa es un acontecimiento único. Se dispara en el instante en que el cerebro completa la sorpresa, y se apaga en un segundo o dos. Cuando escribes un remate y le pegas detrás una aclaración, un «o sea», una repetición de lo que acabas de decir, no estás explicando el chiste. Estás alargando el silencio después de la risa mientras el público espera para saber si has terminado. No sabe si puede parar. La palabra más graciosa de la frase ya no es la última, y la frase ha perdido su forma.
Es el defecto más común en el material de quien escribe por afición, y el más fácil de arreglar. La solución casi siempre es restar. No le pegas una cola a un remate. Vuelves al planteamiento y afinas la expectativa, para que el remate no necesite cola. El trabajo del planteamiento es construir una imagen concreta y precisa en la cabeza del público, una pequeña escena detallada que ya ha rellenado con sus propios supuestos. El trabajo del remate es sustituir esa imagen por otra, igual de plausible, con el menor número de palabras posible. Si el público no vio la sustitución, la imagen era demasiado vaga. Arreglas la imagen. No le pones notas al remate.
Hay una trampa secundaria que viene con esto. Le añades una palabra de enlace, una preposición, una pequeña oración que hace la frase gramaticalmente correcta en sentido prosístico, y la cadencia hablada se aplana. La prueba nunca es si la frase está mejor escrita. La prueba es si el público se ríe más fuerte y la risa llega antes. Si añadir la palabra frena la llegada o suaviza el impacto, la palabra se va. Un remate no es una frase que pondrías en un correo. Es un sonido.
Reconocerás el defecto por una señal. Sientes el impulso de decir «o sea, como» o «básicamente, es cuando» después de la palabra más graciosa. Ese impulso es el planteamiento fallando, no el remate pidiendo ayuda. Cortas la cola. Vuelves atrás. Afilas el planteamiento. La última palabra de tu remate tendría que ser la más graciosa de la frase. Si no lo es, el chiste no está terminado.
En un chiste
Ejemplo escrito para esta lección, antes:
«Odio que el móvil me vibre en el bolsillo en una reunión de trabajo, es como un bichito furioso, o sea, de esos que no paran de zumbar y de moverse y no puedes hacer nada porque todo el mundo está mirando las proyecciones del trimestre.»
Después:
«Llevo cuarenta y cinco minutos en una reunión. El móvil me vibra en el bolsillo. Es un bichito furioso.»
Cambiaron tres cosas. La imagen más graciosa, «bichito furioso», pasó del medio de la frase a la última palabra, así que la risa se dispara y luego viene el silencio. La explicación «o sea, de esos que no paran de zumbar y de moverse» desapareció: el público no necesita que el bicho se describa dos veces. El vago «odio que» se sustituyó por un detalle concreto, cuarenta y cinco minutos, que convierte el planteamiento en una imagen que el público puede ver, y que luego el remate reencuadra.
Tu turno
Coge el chiste que acabas de escribir para el reto de esta noche. Encuentra la palabra o la imagen más graciosa, y cuenta cuántas palabras vienen después. Si hay más de dos, corta todo lo que va detrás y lee la línea en voz alta. Si el remate sigue cayendo, con ese chiste has terminado; si no cae, el problema está en el planteamiento, así que vuelve y hazlo un detalle más concreto. Haz esto con cada chiste que tengas: una pasada, sin añadir nada, diez minutos.
En una línea
Corta todo lo que viene después de la palabra más graciosa: la risa no necesita cola.